30 ene. 2016

Me voy.

- Me voy.

- ¿A dónde, cariño?

- Me voy de tu vida, para siempre - frunces el ceño y veo que no entiendes nada, típico: incluso cuando las palabras son tan claras como el agua prefieres irte al significado más rebuscado que a lo que se están refiriendo exactamente - es algo que debí hacer hace mucho y al fin veo que el momento correcto nunca llegará.

- No entiendo de qué estás hablando.

Sacó un bolso del armario y miro el hermoso apartamento que compartimos, el alquiler era un golpe constante en nuestros bolsillos pero lo compensaba lo hermoso, espacioso y perfecto que era. Era. Demonios, iba a extrañar el jodido lugar. Comienzo a meter mi ropa en el bolso de cualquier manera, te ríes desde la cocina y luego te acercas para ver mejor. Te congelas cuando ves mi seriedad.

- No estarás hablando en serio. Sea lo que sea que está pasando por tu mente lo podemos solucionar, tenemos que discutir esto.

- Estoy hasta la coronilla de "solucionar", "discutir" y "trabajar" sobre esto. Llevamos demasiado tiempo juntos, lo que hay es una costumbre a mi presencia a tu alrededor, a ser la extensión de tu brazo cuando vas por la calle, el contacto número uno en el teléfono y tu salida de los martes. Antes tenía miedo ¿Sabes? Me parecía desleal a todo lo que hemos pasado, me parecía que me estaba rindiendo en algo que estaba destinado, pero resulta que puedes vivir preso de la constancia.

- Ahora solo estás hablando disparates.

- Estamos muertos, tu y yo; desde nuestros sentimientos hasta la charla de relleno que tenemos a diario. Y no me gusta estar muerta. Me gusta sentir, vivir y reír.

- Haces eso conmigo, te he visto.

- Sé que me has estado ocultando cosas, mintiéndome - hay sorpresa en tu mirada, pero guardas silencio así que continúo - no te preocupes, no te lo estoy cobrando ni sacando en cara; solo quiero que sepas que sé, que lo he sabido desde hace mucho y he esperado que me digas. Pero nunca lo hiciste - miró mi bolso llenó de ropa - y está bien, con el tiempo empecé a hacerlo yo también.

- Escucha...

- Dejaste de ser mi persona - digo en una voz más baja y solo quedan los sonidos de la calle - nos prometimos muchas cosas hace mucho tiempo y estar contigo me aferra a lo que era y lo que soy. Pero quizás ya no quiera ser así. Quizás eres otro de mis múltiples fracasos y no quiero dejarte ir para no tener que admitir que es así. Tú bien sabes cuánto odio equivocarme.

- Estás saltando de un tema a otro, no puedo entender bien - pero de nuevo, tú nunca me entendiste.

- Necesito decirlo todo y así es como va saliendo. Porque yo hablo, yo confío, yo dejé mis escudos tan bajos cerca de ti que jamás me di cuenta de que te instalaste a vivir allí como un parásito, nunca aportaste nada.

Tomo los papeles de mi mesa de noche y veo una linda carta que me escribiste y adoraba releer por las noches.

- Fuimos buenos juntos ¿Lo sabes? Hubo una época en que no dudaría de ti ni aunque tuviese evidencia en frente. Pero las cosas han cambiado, como lo hiciste tú y como lo hice yo. Es momento de aceptar que crecimos separados, que esto no es lo que yo quiero y que tú... Tú ni sabes lo que quieres.

- Quiero esto. Te quiero a ti.

- No, no lo haces.

- Dijiste que perdonarías lo que fuera.

- Evidentemente yo asumí cosas de nuestra relación que tú no, pero ese fue mi problema. Asumir es un error.

- ¿Simplemente me tirarás a la basura como a los demás? ¿Crees que merezco el mismo trato que los anteriores?

- Siempre velaré por tus intereses, no hay razón en la tierra que me haga olvidar esto.

- Pero eso no es suficiente para quedarte.

- Me voy.

Y con ello me llevaba las lecturas que te gustaban para dormir, las meriendas de medianoche, las charlas incesables y agotadoras, pero necesarias, mis consejos, mis sonrisas y una parte de ti que probablemente me atormentaría después.

Nunca esperé que me detuvieras [[Sabía que no lo ibas en el hacer, en el fondo tú también querías esto]], ni que gritaras o intentaras ganarme el argumento. Habíamos pasado demasiadas veces por esto, así que la única diferencia era que esta vez no azoté la puerta ni salí enojada.

Al contrario, llevaba una sonrisa y la satisfacción de cerrar la puerta lentamente, con las llaves dentro de la casa, reflejadas en la cara. Era libre.

La cosa era qué hacer con esa libertad.

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