22 may. 2013

Hoy te extrañé.

Hoy fue uno de esos días donde voy cantando por la vida y para el mundo, donde no me importa si no pronuncio bien las palabras, si no me sé la canción e incluso sabiendo que desafino muchísimo. Uno de esos días donde le sonrío a los conductores que me dan paso y le hago muecas a los niños. Recordé como me veías los días que compartías conmigo y yo estaba así derrochando vida , decías que si así ibas a pasar la vida nada te molestaría, que aprenderías fotografía para capturar esos momentos y poder tenerlos contigo cuando yo no lo estuviera. Es que todos deberíamos vivir así, me dijiste una vez mientras bailaba un poco de ballet para ti en un parque, estabas asombrado viendo como todos me veían y nadie parecía notar que bailaba solo para ti, sonriendo porque siempre se puede, enamorado de cada instante, disfrutando de ti. No podía dejar de sonreír cuando me mirabas así, con esa mezcla de seriedad, felicidad, orgullo, deseo y ese algo que nunca pude descifrar, eso que nunca se aparta de tu mirada y que crecía cuando sabías que lo encontraba, eso que aun no tengo idea de que es pero que me encanta.

Hoy pasé por el parque que solíamos frecuentar, donde entre risas y columpios me confesaste que habías aprendido a volar, que desde que me habías conocido el cielo estaba más cerca, que cuando rozabas mis mejillas sentías la suavidad que debía tener una nube. Me senté en el columpio y le canté a los árboles que alguna vez nos vieron abrazados, le susurré al viento que tanto tu como él, podían ir y venir cuantas veces quisieran, le comenté a un par de iguanas que siempre les tuviste miedo y, a las bisagras chirriantes del juego, les expliqué que no volverías con un ramo de chocolates a sobornarme para que dejará el sube-y-baja y me fuera de tu mano. Y la gente nos miraba raro, como siempre, después de todo nadie se espera ver a un chico con un bouquet de chocolates rogándole a una chica que mantenga el alma de una niña, ni a una chica ya mayor aceptando solo si era él quien la acompañaría.

Hoy me vestí de tacones, vestido y maquillaje y no pude evitar recordar las caras que hacías, esas muestras entre dolor y placer: dolor por verme tan ajena a mi, placer por verme así, siempre tenías los comentarios correctos y me hacías reír tanto que tenía que retocarme mil veces el maquillaje. Y mil y un veces me hacías reír más. Y mil y un veces me decías que siempre regresara a ti. Y mil y un veces te respondí que algún día no sería así. Y reías, reías, reías, hasta que un día simplemente me sonreíste y me dijiste que sabías que era así. Que esperabas con ansias el día el que nos separáramos para unirnos de nuevo; que realmente nunca me iría porque de una u otra forma seguiría viva en ti siempre.

Hoy te extrañé, aunque no porque haya recordado todo esto, simplemente porque miré al cielo y me dieron ganas de volver a ver las nubes desde tus brazos y de volver a buscarles formas desde tus ojos. Te extrañé porque hizo frío y tu siempre buscabas mi abrazo para protegerte de él, teniendo una excusa para estar allí y dejarte consentir. Hoy te extrañé porque mi estómago cosquillo de esa manera tan peculiar que lo hacia siempre que sabía que te iba a ver, porque mis ojos se cerraron y olí mi perfume en tu piel. Te extrañé al atardecer y sonreí porque ya no te extraño de otra manera que no sea un momento, porque extrañándote te recuerdo y a la vez no lo hago, porque es ocasional y no hace daño.


Porque extrañarte hoy está bien.


21 may. 2013

Lamentos.

Y cada nota que toca se lleva un pedacito de mi alma y no quiero mirar. Y cada paso completado me aleja un poco más de la realidad. Y ver la manera en como la tela se mueve con fluidez me hace lamentarme una vez más. Pero las asas del destino me atan y me presumen eso que allí ya no he de estar.

¿Para eso he quedado? ¿Para observar desde cerca eso que alguna vez fue mío y que tanto amé? ¿Para que me presuman como lo que no se cuida, se pierde? ¡Ay, si tan solo fuera mi culpa! Si de mi hubiese dependido las cosas serían distintas.

¿Pero realmente no pude hacer nada? No. Y eso es lo que me mata. Si hubiesen otros a los cuales culpar no dudaria en hacerlo, pero al final la culpa es solo mía. La culpa de no querer poder, la culpa de no sacrificar, la culpa de esperar lo mismo haciendo cosas distintas.

Pero ya nada hay que lamentar, a pesar de que esto no ha sido más que un tortuoso lamento, lo hecho, hecho está y así se ha de recordar. Pero que dulce recuerdo me ha quedado, ese que atesoraré junto a los atardeceres que se han grabado en mi piel, junto a los besos de un amado en mis labios, junto a mis dedos y mis amigos que los han estrechado. En cada nota, en cada pieza, en cada baile que a mi vida le quede, siempre estará el ballet presente.