8 oct. 2015

Dichoso aquel que se va y no ve las lágrimas de quien queda.

Remodelaron la estación de gasolina donde te besé apasionadamente por última vez.

Quiero decirte, pero no lo hago; porque no es algo que hagamos más. Ni siquiera estoy segura de por qué recuerdo esto mentira, si lo sé, pero ayer cuando recorría las calles de esta ciudad a una hora donde realmente puedes recorrerla, sin querer pasé por allí y lo noté. Casi no lo hago, el semáforo estaba en verde y el carro simplemente siguió andando, fue casi un milagro que hubiese volteado y visto las láminas de zinc cubriéndolo todo y el techo rojo aun brillando sin necesidad de luces.

¿Milagro para quién?

Si, la verdad es que recuerdo esa noche en particular, como cada instante que pasé junto a ti. A estas alturas me parece un poco patético ¿Sabes? Pero hace tiempo que dejé de pelear con el sentimiento y simplemente lo siento. Porque es bueno sentir algo. Después de ti, pasé tanto tiempo obnubilada que casi abracé el dolor que vino cuando esa etapa pasó. Una maraña de piel que no sentía nada y luego empezó a sentir demasiado...

Pero eso no era lo que estaba escribiendo ¿O sí? Escribía sobre aquella noche donde justo antes de llevarme a mi casa decidiste parar a poner gasolina, como cualquier noche, y te estacionaste en la que estaba más cercana al borde de la calle, justo del lado izquierdo, como siempre hacías. Jugabas con la palanca de cambios mientras yo pensaba en el beso impulsivo que te iba a dar. ¿Sabes? De esos que pareciera que no pudieses contener el sentimiento que llevas dentro y dejas que tome el control por un momento y entonces estás encima de la persona que quieres y ambos ríen y  solo existen entre ellos.

Y si, eso es lo más impulsiva que puedo ser. Planeando besos impulsivos. Así que cuando me miraste y sonreíste agostaste tus oportunidades de escape. Me lancé hacia ti como había visto que hacían en las películas y como había leído que hacían en los libros rezando para que nuestros dientes no chocaran porque odio cuando eso pasa y la sensación que deja atrás.

Y el beso resultó perfecto. No hubo choques innecesarios, ni el cinturón de seguridad incomodando; no te alejaste ni te reíste.

Puse mi mano en tu cabello, porque así era como lo había imaginado, y te sujeté con más fuerza de la necesaria porque quería que sintieras lo rudo que lo quería. Tú cediste, como siempre, y cumpliste con mi petición silente. Me besaste y correspondiste mi beso y no te apuraste aun cuando el señor de la gasolinera se puso al lado de mi ventana y me seguiste besando por lo que pudieron haber sido dos siglos y medio. Y eso que quizás no sabías que ese beso era mi último intento contigo, para ver si podías sentir la desesperación que me comía por dentro a medida que nos hundíamos, para ver si mis labios te hacían entender que quería salir gritando y corriendo lejos de nosotros. Pero por supuesto que no fue así. Fue solo otro beso para ti.

O quizás lo supiste y sentiste, pero no te importó. ¿A quién le importa ya? Solo pasó.

Lo que si fue tremenda sorpresa para mí fue lo que sentí. O lo que no sentí. Porque a medida que mi lengua luchaba por bajar por tu garganta y mis manos intentaban aferrarte como nunca, podía pensar. Y eso claramente estaba mal ¿Cómo podía tener coherencia de pensamiento cuando te estaba besando tan apasionadamente? Y mientras más lo pensaba más me daba cuenta que no estaba en ese momento.

Que ya no sentía nada. Que era solo un beso. Y que podía vivir sin ese beso.

Te separaste con una sonrisa en los labios hinchados y el cabello desordenado. Le pagaste al señor y terminamos de recorrer los otros cinco minutos hasta mi casa.

- Te quiero - te dije desde la puerta del carro mientras tus ojos oscuros se alejaban de mí y yo sentía un miedo extraño en el estómago.

- Si, yo también - dijiste y te pusiste en marcha.

No esperaste a que entrara. No dijiste yo también te quiero como sabías que me gustaba. No pusiste tus manos en mi cara cuando te besé. No entendiste ni preguntaste por qué.

Simplemente te fuiste, y aunque yo también me había ido, dolió como si no lo hubiese estado esperando.

Porque siempre esperé que fueras tú el que se fuera.

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