10 abr. 2015

Una serie de eventos desafortunados.

Seguro fue porque no se tomó el jugo de naranja esa mañana ¿O será porque se puso las medias dispares? Era algo sencillo de recordar, de eso estaba segura, estas cosas, al final, solo pasan por tonterías. Tal vez había sido que le agregó dos lonjas extras de queso a su sándwich y no se sintió culpable al respecto. O que empezó un nuevo libro cuando iba en el tren que la llevaría a sus clases.

La verdad es que no parecía haber una conexión lógica entre tales eventos, pero cuando llegó a la Universidad sitió como si se le hubiese quedado algo en casa. Pudo haber sido el libro que había quedado olvidado o su inocencia. O ambos. Si era el libro no podía hacer mucho, una historia mal contada sobre brujas y vampiros no se iba a mover de dónde la hubiese dejado; pero si era el caso de su inocencia, tendría más problemas que retrasar una lectura antes de dormir. Si eso era lo que se le había quedado, tendría un día de tropezones y malas caras para todos, no se oiría el sonido de su risa ni se le vería caminando por el borde de las aceras intentando agarrar las hojas otoñales que caen en su efímero viaje al pavimento.

Pudo haber dejado también su ingenio, esa rapidez de respuesta acertada que la caracterizaba, por lo que cuando entró a su clase se quedó callada mientras observaba a los demás hacer las participaciones que normalmente corresponderían a ella; también fue por eso que el profesor la ignoró con felicidad por primera vez desde que había comenzado el curso, así no tendría que fingir querer darle la palabra y escucharla por dos horas que se asemejaban a la eternidad. Sus compañeros tampoco pudieron extrañarla menos, les encantaba que estuviese presente para ver como otros también tenían voces y estaban dispuestos a levantarla.

Su gracia también se podría haber encontrado perdida, pero esto era mucho más difícil de observar, no es como si todos observaran su forma de caminar y la manera en la que casi no tocaba el suelo cuando lo hacía; o la forma en la que movía las manos con cada ademán pareciendo un río que fluye desde una montaña y desciende lenta y pacíficamente sobre la praderas.

Pero ella siguió pensando que era algo más que las cualidades que mejor la definían estuviesen perdidas, ella siguió atribuyéndolo a que había elegido la ensalada César para almorzar en vez de las costillas, que había preferido la Coca-Cola sobre el agua o que no había dejado suficiente propina para el mesero. El hecho de que estuviese distraída cuando se encontró con su prometido no le pareció importante, incluso cuando él hizo más que besarla en el asiento de un parque mientras el atardecer los bañaba y ella retenía pequeños gritos de placer y él se regodeaba por ello manteniendo los suyos.

Incluso se atrevió a contradecir esa inquietud que se manifestaba por su pecho y que sentía pesada en su estómago diciendo que todo estaba bien, que solo había sido un día diferente; se sirvió una copa de vino tinto, a pesar de que siempre bebía blanco, y se acomodó en el sofá nuevo de su casa en los brazos de su prometido mientras intentaba creerse eso. Porque no hay nada más desesperante que querer creer algo aun cuando sabes que, precisamente, por algo no lo haces.

Hubiese sido inteligente de su parte haber prestado atención a cada señal que el día le lanzó para prevenirla, solo que era realmente imposible descifrar eso que para el destino era tan obvio, así que quizás al final no fue nada de eso, pero de igual manera, cuando el día hubo acabado, terminó perdiéndolo todo.


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